
Pan y barro
Cuando Pedro pide sushi para comer y la china con cara de china se lo trae y nos reímos, a esa hora de domingo gris barcelonés ya se ha acabado todo. Las piernas destrozadas, claro, pero el color verde en una mesa y una cervecita y un trozo de pan y un par de llamadas de teléfono para informar de que sí, que otra más, que tranquilos.
Unas horas antes he pasado por Colón, he levantado la vista y le he dicho al almirante de piedra que la rubia está bien. A rastras he dejado atrás el olor del mar y he pensado un poco. Los silencios. Bajo otra vez de tres cuarenta. El último trago de agua me lo ha dado Sombri. No quedaban ni doscientos metros para acabar la trece.
La Torre Agbar: la curvita debajo de ella, ese camino de ida y vuelta, es el primer indicio de que esto no tiene por qué acabar mal. Vinga, vinga. Mol be, anim Raúl. Ese regusto de los aplausos en el aire frío.
Tanta Avinguda y tanta Diagonal. Se han levantado esta noche a estirarla, seguro. Me duelen los ojos de ver pasar gente y gente y gente. Se me han ido de la cabeza el ritmo y los tiempos. Sólo corro.
También corría Bandolero. Y corría mucho. Ese era el nombre de un caballo de mi abuelo que mi padre montaba: Bandolero. En el pueblo, cuando el trigo y la cosecha. Con el viento en la cara del muchacho y ningún dolor de rodilla acechando. La grandeza de pensar cosas de otro tiempo.
En la media estoy tan despistado que me sorprende cuando creía que ya la había pasado. Mierda de marca. Y el puente ese tan nuevo y empinado. Esperar mejores tramos. Líquidos azules y rosas, por si acaso.
Irlandeses. Holandeses con cencerros. Suizos. Rubias de rosa. Un tipo de Aranda al que pierdo en un tumulto.
El sábado Pedro casi no come y le contamos a la Charito que somos de Burgos para que nos llame Los Seis de Castilla. Y el vino y las cervezas, la primera pasta, el Chuti y su Expansión elegante, Goyo confundiéndose de nombre. Un chupito, claro, brindar por las locuras.
Es hermosa Barcelona.
Santa María del Mar es ese rincón encantador que descubrimos en junio; Santa María del Mar, siempre los nombres. El fuego de afuera que nunca se apaga y las cervecitas, otra vez las cervecitas, y la charla en las escaleras con la prima de Bea y la multiplicación de las niñas iguales, esos tramos dulces de la otra carrera.
La primera vez que oigo mi nombre catalán en el Paseo de Gracia, entre las vallas que hay a la altura de la Pedrera; sueno bien. Anim, mol bé, Raúl. Giramos a la derecha para dejar de subir y aparece ahí, delante de nosotros, la genialidad aplastante de Gaudí. Es por allí que saludo al escoltar los ánimos. Pan y barro, dos palabras que me rondan desde el viernes. Pan y barro, o algo así. Quizás una de las voces delicadas que me empujan, quién sabe.
Pedí limosna la noche del sábado. Fue antes de la última pasta; hay pruebas. El cansancio antes de la batalla. Un agua fría hablando con la Fonta. Los papeles con poemas en árabe y dibujos colgando del techo. Un camarero oscuro, una camarera muy blanca, delgada, el ruido del cuello del Sombri al romperse.
Todavía hace frío al pasar por el Camp Nou. Es la primera vez que estoy tan cerca pero he sentido cosas grandes que se han cocido allí. Hay nombres, claro, nombres marcados en mi cabeza. Es con esa proximidad de las cosas lejanas con las que enfilo hacia abajo. A ver si podemos con la trece. Arre Bandolero.
Hemos dejado amanecer con lentitud a la ventana del hotel. El zumo en pantalón corto y americana mirando las luces de Montjuic y las Torres de la Feria que vibrarán en unas horas. Goyo ha rezado en el suelo a una religión rara, de gritos y eso.
No había escobilla en el baño.
A las ocho ha llegado Rome, por fin, después de tres años. Hay cosas que uno nunca entiende (aparte de lo de la escobilla, claro); dice Rome que se ha puesto la camiseta que mejor le queda. Aún así, sin verde ni nada, es un Bolilla. Y de un Bolilla, no lo olviden, puede esperarse cualquier cosa.
Y hemos bajado a la calle con las dudas, los nervios y el frío. Han encendido las fuentes y los altavoces. Los gritos y los globos. Pasa el tiempo y siguen poniéndose los pelos de punta. El orgullo de los cuatro magníficos entre doce mil locos. Un segundo de silencio pensando en mis cosas. El reloj a cero. Empieza la trece.
Fotos Barcelona






















