Imposible no hay nada

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Ahijón Veinte - Trece: el cambio climático  




             Por fin Navidad. 

 

          Romper el calendario. Despertarse con sueño. Con ganas de. 

 

           Ir hasta a la chimenea o hasta el frontón de un pueblo. 

 

         Ver que un tipo de cuento, sonriente y barrigón, ha montado otra vez la de dios con los adornos, como cada año. Ha traído además unos ayudantes buenos vestidos de naranja. Hacerse otra vez creyente y atarse los cordones y vestirse de Bolilla y rezar medio a escondidas a esa religión rara para no crecer nunca y que los renos y las ganas vuelvan otra vez al año que viene. 

 

          Navidad en julio.

 

        En alguna curva del cielo el carro  ha perdido aguadores. Rober ha ascendido de esta categoría a la de andarín, y el manager anda liado con el vapor de agua y los tableros. Maite tira de promoción interna —no hay tiempo para un concurso limpio— y se lleva a Izan y a Hugo que nos esperan concentrados en el primer agua después de la cuesta. 

 

        Decido quedarme allí con el Sombri a esperar el vagón de los míos después de haber desestabilizado adrede el ritmo de los Papamoscas. 

 

          Llega Goyo a la botella de plástico sudando a mares y me doy cuenta de que nunca he pensado en la ilusión especial de Papá Noel cuando deja los regalos precisamente en su pueblo. 

 

              Nos van pasando las bicis y fuimos antes pasando a los que andaban.

 

            Para ser navidad pega un sol que empieza a picar pero están los árboles y un vientecillo que se agradece. Hay algunos campos aún sin cosechar. Será por aquellas lluvias o el calor o este caprichoso cambio climático. 

 

            Corremos. Llegamos a las fuentes. Guiamos a Rosa y asustamos a algunas que nos confunden con bestias salvajes o animales sueltos o algo parecido. Reírse entre el polvo de los caminos. 

 

          Cruzamos la carretera y buscamos el rio. Confieso que a veces tengo miedo en las carreras. Al diseñar el recorrido nadie tuvo en cuenta que cabía la posibilidad de que en el senderito más estrecho junto al Arlanza pudieran coincidir dos Bolillas nada afilados y los próximos fichajes de renombre: Javi y José Manuel. Atasco de corredores de peso. Mejor cerrar los ojos y disfrutar como en alguna montaña rusa. 

 

            Debilidad por las carreras que no tienen un reloj humillante y rapidísimo en la meta. Mucho mejor los peques cargados de regalos justo antes de empezar ellos a competir. Debilidad por verles derrapar en las curvas y colgarse las medallas. 

 

          Izan me contó una vez en Madrid que no había por qué competir siempre y hoy decide él no hacerlo. Quizás es su forma de recordar que habrá más días o que los lazos negros que hemos pegado junto al sudor del corazón esconden un dolor de trenes que se tumban.

 

            Están todos en el vermut navideño de verano que los de Torrepadre han vuelto a sacarse de la manga. Debe de haber un cañero roto y hacemos lo posible por llenar deprisa los vasos para que no se pierda nada. Hablamos de correr y hasta de cosas que no serán nunca importantes. Nos reencontramos —para eso sirven las carreras— con gente grande y con tipos, incluso, que se parecen cada vez más a Pantani. Será un día obligatorio el almuerzo con salsa y la cerveza. De dónde sacará Goyo Noel estos cangrejos tan buenos. 

 

           El sol de la plaza me dejará marcas en la piel pero no importa.

 

          Reconocer el privilegio de estar dentro.

 

          Agradecerlo, claro.

 

 




Torrepadre, 28 de julio de 2013




r.e.c.

 

Presentación de Fotos

 

17:54:29 . 22 Agos 2013
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