
Ladrones de aplausos
Como un desalmado después de robar un caramelo a un niño. O dinero a un vecino que lo necesita más. Con ese remordimiento blando en el estómago.
Eso siento cuando el sábado, a oscuras y sin dorsal, empezamos a correr en el kilómetro veintiocho, y empezamos también a apropiarnos de unos aplausos que estamos seguros de no merecer.
Le habíamos prometido a Sombri (él sí se merece los aplausos) acompañarle en el último tercio de la carrera: ésa era nuestra coartada, nuestra excusa. Por eso habíamos cogido el metro en Federico Moyua y nos habíamos bajado en Erandio. En la humedad silenciosa de una carretera de ida y vuelta.
Dudamos mil veces Goyo y yo: la parte tonetti de los Bolillas, dispuesta a aplaudir y animar a cualquiera que vista de corto y se fabrique sudor y ampollas en los pies. Corremos, no corremos. Entramos, no entramos. Siempre la duda.
Puede más la promesa y el equipo que la vergüenza. Puede también mi admiración por Aubeso, por Jordi, al que oigo respirar con los dientes apretados en un esfuerzo y una concentración brutales en busca de Bilbao. Uno de los regalos grandes de mi extraña vida deportiva es haber conocido a Jordi, haber desgastado suela alguna vez cerca de él camino de Cardeñijameno o del Monasterio, verle correr en las mediodías camino del trabajo, disfrutar de su conversación y su mirada tranquila antes de cualquier carrera.
Por todo esto, el mar y las promesas, Jordi y el peso de los ojos azules (y porque Maite nos había dejado sin billete de vuelta en el metro) nos echamos al asfalto.
Goyo se encarga de dar explicaciones: no nos aplaudan, por favor, que sólo llevamos un ratito. Que estamos aquí sólo por acompañar.
Qué papelón. Ni agua cogemos al principio. Aplaudimos a los que nos pasan antes de que les deprima la presencia de la pareja de tonettis tan delante en la carrera.
Todavía con las dudas morales a cuestas nos llega David: alto, desgarbado, con gafas, y con una lesión importante en los aductores. Le ofrecemos acompañarle un rato y acepta: me venís como dios, dice. Nos cuenta que es de Albacete y que le gusta el norte. Que quiere acabar como sea. Se me para un par de veces en seco y pienso que se lo ha tragado la tierra. Volvemos hacia atrás y le echamos la mano por la espalda mientras trata de estirar con un gesto de dolor enorme. No queda nada, dice, seguimos. Admiro su fortaleza. Goyo abre camino: ya no nos sentimos tan ladrones de aplausos.
Nos vamos acercando a Bilbao. Hay más gente en las aceras, nos pasan grupos más numerosos pero Sombri no aparece. Algo está saliendo mal. Otra vez las dudas. Seguir con David. Pararse. Esperar a Sombri. Tirarse a la ría y acabar con todo.
A Goyo le funciona mejor la cabeza que a mí (por el pelo supongo). Hay que esperar a Sombri, a eso hemos venido.
Deseamos suerte a David y se aleja poco a poco.
Ya vemos el Guggenheim, miramos hacia atrás y paramos: aplaudir, gritar, animar a estos monstruos sin molestar demasiado.
Pasan unos minutos, me trago la humedad y la brisa y veo al fondo la camiseta verde de los Bolillas. Viene roto. Tiene dos chorretones de sangre y un pisar extraño que explica todo. Sin decirnos nada Goyo y yo nos quitamos el chubasquero al mismo tiempo. Empieza por fin nuestra carrera.
¿Dónde hostias estabas?, dice. Y se ríe.
Goyo se pone otra vez delante (para las fotos) y yo, al lado, muy cerquita de Sombri. Antes de preguntarle nada le hago un ofrecimiento para putearle: si quieres paramos, si estás muy mal paramos.
Te paras tú si quieres, me dice mosqueado. Hay que llegar, joder.
Y trotamos despacio, como si no quisiéramos romper el asfalto y le enseño los carteles de los kilómetros y le digo que es grande, muy grande, y hablamos de fútbol, de una alineación del Burgos de los años setenta, de las chicas que le gustan, de las copas que nos tomaremos pronto en el New Galery y se esconde el dolor y la lluvia nos alivia y la gente piensa que somos algo así como un equipo.
Otra vez en Moyúa, detrás ahora del ritmo elegante de Goyo, para oír a estos animarnos, para sacar pecho y para ver al Deivid mirar al reloj con un toque de malicia.
Callejeamos un poco más, vemos el Ayuntamiento y aparece el último kilómetro oscuro. Me gusta este silencio de agua y correr entre estos dos. Antes del último giro, debajo justo de la pancarta del cuarenta y dos, Goyo me da la mano y Sombri nos abraza sin parar nunca de correr. Nos colocamos poco a poco en la parte izquierda, reducimos y acabamos saliendo entre el público. Nos volvemos a poner el chubasquero. No hay medalla hoy. Da gusto respirar.
Bilbao, 24 de octubre de 2009
r.e.c
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